Ingeniería en la frontera del arte.
¿En qué momento una obra de ingeniería se convierte en una obra de arte?

Si en lugar de la palabra “ingeniería” hubiéramos utilizado “arquitectura” la cuestión tendría un grado de sorpresa menor. La Real Academia Española de la lengua ya define arquitectura como el arte de proyectar y construir edificios, sin embargo la ingeniería es quizás el estudio más alejado en principio del concepto de arte. Ahora bien, alto. ¿De qué arte estamos hablando? Arte es sin duda un cuadro de Rubens o una pieza de Mahler, y sin embargo la definición de arte es ante todo la capacidad o habilidad para hacer algo. Esta comprensión del arte nos reconcilia con una de las ideas centrales que siempre hemos defendido, y que rechaza aquella comprensión del arte como inútil. Bien al contrario el verdadero arte es capacidad de hacer obras que produzcan estimulación estética o intelectual y que desde luego no tienen por qué ser inútiles.
La (buena) arquitectura nos encanta por que desde luego cumple como es sabido la doble función, de utilidad y digamos cierta forma de belleza o capacidad de estimulación. Con este paradigma es claro que una obra de ingeniería puede perfectamente, además de cumplir la función para la que fue ingeniada, ser una fuente de inspiración.
Un excelente notario de esta forma de ver la ingeniería, es el fotógrafo alemán Christoph Morlinghaus (https://www.morlinghaus.com) su mirada, atípica sin duda, pero no por ello desacertada, nos recuerda a los ingenieros que podemos ambicionar a hacer obras técnicamente complejas, y al tiempo que por bien hechas adquieran una cierta dimensión artística, una capacidad de elevar el espíritu humano. Esta ambición es, en este mundo complejo y tecnificado, un elemento necesario para recordar varias cosas al mismo tiempo, todas ellas imprescindibles para el progreso y bienestar; que detrás de cada obra técnica, está la mano del hombre, que la ingeniería debe ambicionar estar “bien echa” no sólo para cumplir su objetivo funcional, sino también inspirar a futuras generaciones, y que el arte, desde luego, no tiene por qué tener nada de inútil.

