El ardid al pensar en los demás
Pensar en “el otro” es una de las formas más nobles de ocupación, y sin duda a menudo la más escasa.

Este acto encierra en sí mismo, no obstante, una trampa, un ardid que hay que evitar a toda costa; pensar en los demás no es pensar en cómo queremos que actúen los demás. Si lo hacemos, estamos en el fondo pensando en nosotros mismos, es decir, en cómo quiero que tal persona reaccione o responda “para que” suceda algo. Y en ese “para que” está nuestro objetivo personal, lo que queremos que suceda. Y puesto que además no tenemos control real sobre la reacción de nadie, esta trampa nos lleva con facilidad a una espiral de inquietud, angustia o frustración por no ver la reacción esperada en el otro.
No, eso no es pensar en los demás, eso es pensar en el fondo en mí a través de los demás.
Pensar en el otro tiene en la filosofía un referente reconocible en Immanuel Kant, en la conocida “fórmula de humanidad” del Imperativo Categórico: «Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio.» recogida en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785).
A Kant hay que saber siempre añadirle un poco de buena prudencia (phronesis) aristotélica, pero es siempre uno de los “mimbres” inagotables para la filosofía práctica cotidiana.
